¿Te sobran ideales?
8/4/20267 min read




Cuando "no me gusta" se convierte en "está mal"
Linda J. Skitka y colaboradores revisaron en 2021 buena parte de la investigación sobre lo que denominan convicción moral: el grado en que una persona experimenta una determinada actitud como una cuestión fundamental de bien y mal.
Encontraron que cuando una persona juzga una actitud de esta manera, esa actitud se percibe como más objetiva y universal, y está más blindada hacia la influencia de los demás.
No es lo mismo pensar:
“no me gusta que la gente haga esto”
que
“esto que hace la gente está mal”
Parece un matiz pequeño, pero psicológicamente no lo es. Porque no es que no es lo mismo pensar que un amigo tuyo es, simplemente, un poco garrulo porque hace chistes ofensivos. Que pensar que tu amigo hace algo que es moralmente reprobable; ya que el siguiente pensamiento seguramente será:
“una persona decente no debería de hacer eso”
y el siguiente
“¿Cómo puedo seguir siendo amigo de alguien así?”
Se pasa de una diferencia de criterio a un juicio moral sin prácticamente darnos cuenta.
De algo que no nos gusta a algo que no toleramos.
Del silencio como colchón, a la obligación de actuar auspiciada por la culpa.
De la incomodidad, a la sensación de ser complice.
Porque William Wallace, John McClane o Máximo Décimo Meridio, no lo habrían dejado pasar.
Como amante del cine, siempre he defendido que una de las influencias más perniciosas a la hora de entender cómo juzgamos a los demás y al mundo, ha sido el cine de Hollywood.
Y no porque lo odie. Nada de eso. Ya que me ha regalado momentos inolvidables.
Sino por esa fórmula maniquea que tenía la industria de construir las historias: un protagonista muy bueno y honorable, que no actúa por su propio beneficio sino por un bien mayor. Y un antagonista muy malo que, normalmente, no solo actúa por su propio beneficio sino, además, sin una buena justificación más allá de querer destruir el mundo por la cara.
Esta fórmula bastante simplista, pero que no robaba ni tiempo ni protagonismo a las fastuosas producciones y estrellas hollywoodienses, hizo que el cine se convirtiera en un agente de educación mucho más importante que mis maestros, mis amigos y mis padres.
Quizá consecuencia de esta educación, aprendimos a simplificar el mundo con una estructura demasiado fácil de aprender: una estructura que separaba, claramente y sin ambages, los buenos y malos; las conductas correctas de las incorrectas y a las personas que defienden los valores 100% adecuados, de las que hacen todo lo contrario.
Y, para colmo, ahora tenemos las redes sociales. Donde toda esa gente educada en éste maniqueísmo necesario para que las historias nos emocionen y llenen de buenas intenciones, tiene ahora una plataforma desde la que juzgar permanentemente lo que está bien y lo que está mal
Eso sí, siempre sobre lo que hacen los demás.
Y me pregunto si este tipo de contenido no tiene que ver con que cada vez más lleguen a consulta personas que discuten con su pareja, sus amigos o su familia por cuestiones morales que consideran innegociables. Personas que dedican una cantidad enorme de energía a intentar conseguir que su entorno sea un poco más parecido a la idea que ellas tienen de cómo debería ser el mundo.
Y con cada nuevo caso lo veo un poco más claro:
...les sobran ideales.
No necesariamente en número.
Ni porque sus ideales sean demasiado elevados.
Ni porque sean malos.
Les sobran a la hora de convertirlos en una cuestión moral objetiva.
El activista 24/7
La solución, como casi siempre, está en saber dónde trazar la línea que separa el activismo de la vida personal y privada.
Porque convertirte en una herramienta para el cambio durante todo el día y en todos los ámbitos puede llevar al ostracismo y al aislamiento de personas que te pueden importar por razones más importantes que las meramente morales.
Tener unos ideales de gran importancia te puede llevar a pensar que sería hipócrita anteponer intereses personales a los generales, ya que nos han vendido que el héroe de la película no piensa en él, y que la forma efectiva de hacer el bien es no casarse con nadie, no titubear y no pensar en el beneficio propio. .
Pero lo que no te cuenta la película es que una persona con ese nivel de compromiso con sus ideales puede acabar agotada y enfadada.
Porque la gente no hace nada.
Porque lejos de valorar sus intenciones, juzgan sus palabras.
Porque le tachan de ser demasiado intenso.
Porque le evitan.
Porque el poco tiempo que pasa con sus seres queridos se convierte en incómodo, o está lleno de discusiones, cuando se supone que debería ser tiempo de calidad.
Pero, sobre todo, porque le parece injusto.
Y posiblemente tenga razón. Es injusto no valorar a alguien que solo defiende fervientemente ideas acertadas… si siempre fuera este el caso. Eso lo veremos en profundidad más tarde.
Pero, aunque tengan razón y solo quieran mejorar el mundo, regular adecuadamente nuestro comportamiento es nuestra responsabilidad. Un tema de educación y prosocialidad.
Y no me refiero a no decir nada para no molestar, me refiero a tener en cuenta al prójimo para saber hasta dónde se puede tensar la cuerda.
Y cuando no sabes regular tu discurso moral ocurre algo tremendamente paradójico:
... al intentar mejorar tu entorno, has conseguido que sea inhabitable.
Así que no nos viene mal tener en cuenta, que aunque algo esté mal, no significa que te corresponda y/o convenga, arreglarlo.
Puedes no participar de ese comportamiento.
Señalarlo de forma educada.
Alejarte.
Seleccionar mejor las relaciones que, en un futuro, entren en tu vida.
Pero las que ya has heredado cuando habitabas otros niveles morales, no las estropees. Porque si en su momento las seleccionaste es porque te aportaron algo. Porque fueron importantes, y en casi ningún caso, será necesario un conflicto que no conducirá a ningún avance.


La masturbación moral
Pero, si dejamos de hacernos los inocentes. Hay otra forma de entender este fenómeno menos idílica que una mala regulación.
Porque criticar moralmente a los demás no solamente puede producir enfado. Sino muchas veces todo lo contrario:
PLACER
Por estar en el lado correcto.
Por sentirse más sensible, consciente, comprometido.
Por no ser como lo que denuncias.
Por estar del lado de lo bueno.
Así que si eres de los que suele expresar juicios morales, conviene que te hagas una pregunta:
¿Cuánto de lo que estás intentando cambiar está realmente dirigido a mejorar el mundo y cuánto está dirigido a definirte frente al resto?
Existe investigación sobre el llamado moral grandstanding, que estudia precisamente la relación entre el uso del discurso moral y la búsqueda de estatus social.
No significa que cualquiera que haga una crítica moral esté buscando estatus. Pero sí merece la pena plantearse que el discurso moral puede cumplir, además de una función ética, una función de estatus y pertenencia a un grupo.
Porque siempre que decimos que algo no está bien, se presupone que nosotros no lo hacemos.
Y aquí es donde el uso de la moral como herramienta puede convertise en una herramienta para procurarse placer en una masturbación moral donde la queja parece ir dirigida al mundo, pero el destinatario de la acción acaba siendo su propio autor.
No porque toda crítica moral sea narcisista, sino porque también podemos utilizar la moral para construir una imagen de nosotros mismos.
Sea real o ficticia.


El uso de la moral como herramienta
Por supuesto, no estoy diciendo que tener una convicción moral fuerte sea negativo.
De hecho es tremendamente útil porque consigue que las cosas nos importen lo suficiente para actuar. Skitka y sus colaboradores la correlacionan positivamente con un mayor activismo, una mayor participación en movimientos que la persona considera importantes -como puede ser un voluntariado o una acción civil- y una mayor disposición a defender causas que esa persona considera justas.
Y eso no está mal. Pero tampoco necesariamente bien.
El problema aparece cuando la lógica del activismo invade todos los ámbitos de la vida.
Y sí, quizá tenga sentido dedicar años a luchar por una causa que consideras importante.
Pero tu pareja no es una causa.
Tus padres no son una causa.
Tus amigos son una causa… pero perdida.
Y, probablemente, el señor calvo de la mesa de al lado, tampoco sea una causa. Al menos no una causa que sea lo suficientemente relevante para ti.
Por eso una pregunta que hago mucho en consulta es:
"¿Qué te conviene en este momento: que tu entorno cambie, o tener una mejor relación con él?”
Y la respuesta nunca es sencilla, pero siempre se encuentra en un punto intermedio entre las dos opciones enunciadas.
Y lo más increíble, es que no tienes por qué encontrar ese punto, a veces basta con saber que la cuestión existe para ser menos radicales con nuestras exigencias morales.
Exigencias morales que, de forma comedida, podremos usar para algo mucho más útil que juzgar la catadura moral del resto.
Como, por ejemplo, para decidir qué tipo de persona queremos ser nosotros.
Para construir una manera de vivir y de pensar de la que poder sentirnos orgullosos.
Y, también, para acabar acercándonos a personas que valoren esa manera de vivir y nos seleccionen precisamente por ella.
Porque no vamos a conseguir que nuestro entorno sea perfectamente armónico.
No vamos a conseguir que nuestra pareja tenga exactamente nuestros valores.
Ni nuestros amigos… ni nuestros padres.
Pero puedes estar agradecido, ya que gracias a que te cruzaste con personas que tenían otros valores morales, ahora eres quien eres.
Y mañana serás otro.
Y posiblemente ese fulano, te caiga mejor.
