Te sobra razón

Descripción de la publicación

8/30/20266 min read

Hay personas a las que les sobra razón.

Y no lo digo porque estén equivocadas.

Lo digo porque, en ocasiones, les importa demasiado demostrar que no lo están.

Es un tipo de paciente que cada vez veo más en consulta. Que está molesto y no entiende muy bien por qué nadie parece importarle la verdad

Y es que existe una realidad que no nos es especialmente cómoda de admitir: hay personas, dentro de la misma familia, del mismo grupo de amigos y de la misma clase social, que tienen un conocimiento general mucho más amplio que nosotros.

Y no necesariamente porque sean más inteligentes. A veces simplemente tienen más interés en determinadas cosas, más tiempo para informarse o un trabajo que les obliga a estar constantemente aprendiendo.

Y los demás estamos delegando parte de ese conocimiento.

Delegamos el conocimiento al aceptar el testimonio o juicio de alguien que consideramos competente, o de algo más abstracto, como puede ser un correlato ideológico, o una generalización maniquea. Este fenómeno se llama dependencia epistémica.

Y este fenómeno siempre he considerado que viene precedido y provocado por lo que a mí me gusta llamar como economía sináptica involuntaria: un mecanismo automático por el que nuestro cerebro prioriza unos asuntos sobre otros en función de su importancia percibida. Y el conocimiento general, deja de ser prioritario cuando la vida aprieta.

Así pues, una persona con un trabajo que le exige mucho, y que además tiene familia e hijos que dependen de ella, será más proclive a subcontratar —involuntariamente y sin darse cuenta— ese conocimiento a un especialista en el mejor de los casos, o a un constructo social que aprendió hace años y que quizá ya haya quedado obsoleto.

Y aquí es donde este artículo puede servirte especialmente si eres de esas personas a las que suele sobrarles razón.

Y es que es posible que muchas veces no puedas llegar a entender cómo puede ser que a sus interlocutores les importe tan poco conocer la realidad sobre un tema que ellos mismos han sacado a colación, o que incluso está íntimamente relacionado con su trabajo y su cotidianidad.

Y es que, lo que no suelen tener en cuenta este tipo de personas, es que lo que se busca muchas veces al abrir un tema, no es una búsqueda de la verdad objetiva, sino una reafirmación terapéutica -es decir, un consenso formal para descargar estrés o sobrellevar mejor una situación-, o, simplemente, distraer la mente con un tema ligero y tentativo que pueda iniciar una conversación cordial o pasar el rato.

No todo el que inicia una conversación está abriendo un expediente. Hay conversaciones intelectuales que no buscan descubrir nada, ni describir la realidad.

Buscan acompañarse.

Y esto puede sonar ilógico para la gente que tiene razón ya que ¿por qué no querrían saber la verdad?

Y la respuesta es verdaderamente sencilla:

PORQUE NO LES IMPORTA

O dicho de manera más suave: porque consideran que el tema en cuestión no tiene suficiente influencia en su vida o sus problemas más inminentes.

Es decir, a su cerebro, o a su carga sináptica, no le viene nada bien nada de esto. Eso no quiere decir que no sepan que tienes razón, ni que no vayan a tener en cuenta que posiblemente están equivocados. Simplemente no quieren ese tipo de conversación.

No es nada contra ti, no es nada contra tu argumento. Es, simplemente, conveniencia sináptica.

Y aquí aparece un concepto de la psicología cognitiva que me parece especialmente interesante: la necesidad de cierre cognitivo:

Lleva décadas estudiándose y hace referencia, simplificando bastante, al deseo de obtener una respuesta definida y reducir cuanto antes la incertidumbre. Una de las formulaciones clásicas distingue entre seizing, la tendencia a aceptar rápidamente una explicación que cierre el problema, y freezing, la tendencia a mantener después esa explicación en lugar de continuar revisándola.

Y tiene bastante sentido.

Mantener una cuestión abierta implica seguir considerando alternativas, procesando información y revisando hipótesis.

Cerrar una cuestión permite centrarse en otra, quizá más importante.

Es como cerrar una pestaña del navegador.

No porque la información de esa pestaña sea falsa.

Sino porque tienes otras 100 abiertas.

Entonces… WAIT A MINUTE!

¿Esto quiere decir que tengo que asentir ante postulados que no son correctos simplemente para complacer que tal o cual fulano no se estrese?

Depende...

De forma general, podemos distinguir tres niveles de conversación en los que tendremos que medir de distinta manera cuánto merece la pena tener razón.

1. Es importante que lo entienda:

Tu pareja cree que una medicación se puede dejar de tomar de golpe.

Ahí sí quieres convencerla.

El coste de que se equivoque es suficientemente importante como para justificar la fricción.

2. Es útil que lo entienda, pero no urgente:

Tu amigo mantiene una explicación equivocada sobre una película, economía, política, historia...

Puede ser interesante discutirlo, pero hay que saber leer el momento.

No es lo mismo que se haya comentado de pasada, a que sea el centro de la conversación.

3. MEH:

Tu padre recuerda mal cómo ocurrió una anécdota familiar hace 30 años.

Tú sabes que está equivocado.

¿Y qué?

Puedes corregirlo.

Puedes incluso tener evidencia.

Pero conseguir que cambie de opinión no mejora prácticamente nada. Quizá incluso enfanga una anécdota que, pese a ser parcialmente falsa, estaba siendo divertida.

Es una verdad que no requiere abogado.

Y, por supuesto, esto no significa que siempre haya que dejar pasar el tercer caso ni corregir siempre el segundo. El contexto lo cambia todo.

No es lo mismo corregir a alguien una vez en una conversación, que hacerlo después de haberle corregido otras tres veces.

Porque cada intervención tiene un coste.

Y ese coste no es solamente intelectual.

También es relacional.

Y a todas horas, todos los seres humanos hablamos de cosas que en realidad no nos importan lo más mínimo. Muchas veces por educación, deferencia o moda; otras por distendimiento; otras para reafirmar vínculos y otras por pura apariencia social.

No sé logra descubrir nada nuevo, sino, simplemente, cimentar lo que ya existe.

Así que, una vez más, nos toca leer el contexto para tomar una u otra decisión. Nada es blanco o negro.... todo es gris.... todo depende.

Y si has leído alguno de mis otros artículos, probablemente sabrás por dónde voy: las herramientas que utilizamos para relacionarnos no son buenas o malas de forma absoluta.

Pueden ser más o menos abrasivas y más o menos eficaces dependiendo del momento, de la situación y de la persona que tengas delante.

Y fíjate que no estoy hablando de la persona que necesita tener razón para demostrar su valía o compensar alguna carencia.

Estoy hablando de algo mucho más cotidiano:

De personas que no tienen ninguna necesidad de demostrar nada, pero que tienden a hacerlo porque hemos convertido tener razón en un asunto de una importancia muchísimo mayor de la que realmente tiene.

Así que antes de entrar en una discusión, quizá estaría bien hacerse una pregunta:

¿Estoy intentando hacerle un bien necesario a mi interlocutor o estoy buscando una recompensa psicológica para mi propio ego?

Porque tener razón es una ventaja. Pero necesitar demostrarla constantemente puede convertir el hecho de tenerla en una desventaja.

Puedes conseguir que tu entorno piense:

"Probablemente tenga razón."

y, al mismo tiempo:

"Pero no quiero volver a escucharle."

Porque tu eficacia comunicativa también importa.

Puedes tener el mejor argumento del mundo y expresarlo de una manera desagradable, pedante, insistente o condescendiente para que el argumento deje de tener utilidad.

Muchas veces la gente no escucha las palabras, sino solo la cadencia, el tono, la entonación...

Y todo eso también forma parte de tener razón.

Porque una discusión no se gana cuando consigues demostrar que tienes razón.

Una discusión se gana cuando consigues el resultado que necesitabas.

Y en las relaciones sociales, rara vez se gana ganando.