Poner límites a poner límites

8/12/20267 min read

Debo reconocer que me pongo tremendista cuando escucho a tantos influencers de psicología —o de cualquier otra cosa— defender este tipo de psicología agresiva de la individualidad, que defiende la idea de imponerse al entorno: “Yo contra los otros”. Sobre todo, cuando promocionan herramientas de alto coste relacional como si fueran herramientas de primera necesidad.

"Poner límites" es una expresión que, tanto si consumes contenido de psicología como si no, seguro que has escuchado cientos de veces, pues se ha convertido en uno de los mantras de moda para hablar de relaciones personales, autocuidado e integridad emocional.

Pero ¿sabemos realmente qué queremos decir cuando hablamos de poner límites?

Un límite no debería confundirse con una prohibición ni necesariamente con una amenaza, aunque en la práctica la frontera entre unas y otra pueda resultar bastante nebulosa.

Un límite consiste, básicamente, en establecer qué estamos dispuestos a hacer nosotros ante una determinada conducta del otro:

"Si sigues gritándome, terminaré la conversación".

Una respuesta bastante más asertiva que la mayoría de las que solemos usar en situaciones de conflicto.

Sin duda puede serlo.

Aunque también lo contrario.

Normalmente, ambas cosas a la vez.

Y es que, un buen límite puede mejorar una relación, pero eso no significa que sea una herramienta neutra. Una cirugía puede salvar una vida y seguir siendo una intervención agresiva. Precisamente porque tiene un coste, merece la pena preguntarse si antes había alternativas menos invasivas.

Porque un límite introduce una condición nueva en la relación: si ocurre X, yo haré Y. Y aunque sea una decisión no invasiva -pues solo interpela a lo que yo haré como individuo- la relación ya no queda exactamente igual, aparece una consecuencia, aparece una tensión potencial. Aparece, en definitiva, una nueva regla de juego. Y las reglas están bien, pero una acumulación de ellas, convierten el juego en injugable.

La virtud, por tanto, no está en poner límites o en no ponerlos. Está en saber cuándo merece la pena ponerlos.

Porque un límite es una intervención que pretende evitar una erosión mayor asumiendo una erosión menor. Pero erosión al fin y al cabo.

Y una relación, normalmente, se puede ir modulando por caminos bastante menos abrasivos: desde la paciencia, el perdón, la negociación y, sobre todo, desde la comprensión.

Porque ¿con quién mejor para ser comprensivos que con aquellas personas con las que consideramos urgente poner un límite?

Ya que, si somos personas relativamente educadas, la mayoría de las veces que pensamos en poner un límite lo hacemos con alguien que nos importa, que es importante para nuestra vida, y con quien, por lo general, queremos seguir relacionándonos. Y precisamente por eso creo que no debería ser nuestra primera opción.

Ante una actitud de una persona importante para nosotros que nos incomoda, empezaría por preguntarme si realmente el problema está en lo que está haciendo o también en cómo lo estoy interpretando. Intentaría interpretarlo de buena fe cuando haya motivos para hacerlo. Toleraría pequeñas molestias si no son graves. Daría espacio a la posibilidad de que exista un error coyuntural y a la corrección. Intentaría comprender el contexto. Lo comentaría tranquilamente. Pediría pequeños cambios. Negociaría cuando realmente merezca la pena. Y, si fuera necesario, repetiría la petición.

Y solo si, después de todo eso, la conducta siguiera repitiéndose —o si la gravedad de lo que está ocurriendo hiciera urgente saltarse todo este recorrido— pondría el límite.

No porque “poner límites” sea una mala herramienta. Sino porque, a mi juicio, es un recurso que genera demasiada fricción como para utilizarlo como primera línea de defensa.

Entonces ¿Poner límites es una herramienta para construir relaciones sanas?

Por eso mi escepticismo con esta herramienta no tiene tanto que ver con su efectividad como con su aparente omnipresencia y la facilidad con la que se aplica a casi cualquier conflicto interpersonal. Me preocupa que se esté recomendando para solucionar problemas de baja intensidad, siendo una herramienta de alta intensidad emocional y relacional.

Además ¿quién ha dicho que todos los desajustes tengan que ser reajustados?

Gran parte de los pequeños conflictos entre personas pueden gestionarse internamente. A veces desarrollando tolerancia. A veces aceptando que la otra persona es como es, con sus pros y sus contras. A veces, sencillamente, dejando pasar las cosas.

Porque si cada desajuste tuviera que ser detectado, comunicado y corregido, nos pasaríamos la vida negociando.

Y negociar no es gratis.

Consume atención, energía, tiempo y capital relacional. Todos esos recursos son limitados.

Por eso, antes de negociar o poner un límite, creo que deberíamos hacernos una pregunta bastante sencilla:

"¿Tengo claro qué me molesta, qué quiero que cambie y por qué merece la pena que cambie?"

Si no puedo responder con claridad, probablemente el trabajo todavía no debería hacerlo con la otra persona.

Debería hacerlo conmigo.

Porque intervenir sobre una relación sin tener claro qué queremos conseguir puede generar más ruido que solución. Y cuando hay demasiado ruido, las personas pueden acabar sin saber muy bien qué se espera de ellas, qué pueden hacer, qué no pueden hacer y cómo tienen que comportarse para no provocar el siguiente conflicto.

Pero quizá la pregunta interesante es:

¿Qué estoy priorizando: que las cosas se hagan como considero que deberían hacerse o que esta relación funcione lo mejor posible?

Porque no siempre son la misma cosa.

Poner límites a la ligera modifica la interacción, introduce condiciones donde antes no las había, pequeñas incomodidades, tensiones y adaptaciones. Y las relaciones necesitan cierta comodidad, espontaneidad y libertad para resultar agradables.

Una de las razones por las que nos gusta relacionarnos es precisamente porque resulta agradable hacerlo y porque, normalmente, no requiere demasiado esfuerzo. Nos sentimos cómodos con quien estamos cómodos.

Se puede sacrificar un poco de comodidad para mejorar una interacción.

Por supuesto.

Pero si cada vez más, algunas interacciones empiezan a exigir un esfuerzo constante de calibración, negociación y autocontrol, esta comodidad puede desaparecer, y entonces estaremos luchando por algo que puede desvanecerse resultado de la propia lucha por mantenerlo.

Entonces ¿Tengo derecho a poner éste u otro límite?

Probablemente sí.

Otras veces, cuando ponemos muchos límites, estamos intentando solucionar algo que no nos encaja, en vez de buscar algo que encaje más con nosotros, ya que a veces el límite más sano no se pone en la relación, sino en la cantidad de relación que queremos tener con esa persona.

También hay que tener en cuenta que no todas las negociaciones tienen la misma calidad. No es lo mismo decir:

"Si sigues andando rápido, me voy a casa."

que decir:

"¿Puedes no andar tan rápido cuando vayas conmigo? Me resulta incómodo."

En el primer caso estamos introduciendo una consecuencia demasiado melodramática para resolver un problema pequeño: un límite. En el segundo estamos expresando una necesidad y haciendo una petición.

Y esa diferencia es importante.

Porque quizá el problema no sea solamente si ponemos límites, sino a qué llamamos límite y cuándo recurrimos a él.

Si alguien te insulta repetidamente, establecer que no vas a continuar una conversación mientras te insulte puede ser una forma perfectamente razonable de protegerte.

Pero si tu pareja camina demasiado rápido, quizá no necesites establecer ninguna frontera.

Quizá solo necesites decirle:

"Oye, ¿puedes ir un poco más despacio?"

Y si no funciona, quizá tengas que volver a pedirlo.

Y si tampoco funciona, quizá tengas que preguntarte cuánto te importa realmente que camine a tu lado.

Y quizá, después de todo, tampoco pase nada porque vaya tres metros por delante. Eso ya lo decides tú, pero está bien llegar a preguntárselo.

Porque la salud de una relación no depende de la cantidad de problemas que resolvemos, sino de la sabiduría para decidir cuáles merecen ser resueltos.

Y estás pequeñas consecuencias negativas que estoy exponiendo, en un entorno de redes sociales donde se repite, una y otra vez, que hay que hablarlo todo para perseguir un acoplamiento perfecto, parecen olvidarse por completo.

Y no te digo que me hagas caso a mí frente a ellos. Solamente digo que esto también existe. Y que una de las competencias psicológicas más infravaloradas —y que echo muchísimo de menos en el discurso de la psicología popular— es la capacidad de dejar pasar las cosas.

No por miedo, ni por dependencia, sino porque hemos decidido que no merece la pena. Ya que muchas veces, más de las que creemos, la inacción es la respuesta que más va a contribuir a nuestra calidad de vida. El derecho a quejarnos lo seguimos teniendo, pero nuestro derecho no elimina las consecuencias, nos parezca injusto o no.

No somos todopoderosos, no vamos a conseguir que nuestro entorno sea perfectamente armónico por mucho que luchemos y por muy bien que lo hagamos. Así que la próxima vez que aparezca la posibilidad de "poner un límite", quizá la pregunta no debería ser únicamente:

"¿Tengo derecho a ponerlo?"

Quizá deberíamos preguntarnos:

"¿Merece la pena todo lo que voy a poner en juego para hacerlo?"

Está bien que aprendas a decir "no".

Pero si lo aprendes, aprende también a decirte "NO" a ti mismo.

Hazte ese favor.

"Pon un límite" suena más empoderante y autónomo que:

"Aprende a tolerar pequeñas molestias."

"Haz un esfuerzo por interpretar con buena fe."

"Aprende a ceder."

"Aprende a perdonar."

"Aprende a dejar pasar algunas cosas."

Pero si lo que quieres es que tus relaciones sigan siendo lo más funcionales posible, muchas veces estas opciones alternativas darán mejores resultados.

Porque poner límites puede encajar muy bien con una forma de entender las relaciones en la que lo prioritario es proteger el bienestar individual. Y eso tiene mucho sentido cuando ese bienestar está siendo realmente amenazado. El problema aparece cuando convertimos esa lógica en el principio general desde el que interpretar cualquier incomodidad. Porque una relación no es solamente la suma de dos personas protegiendo su propio espacio de confort.