El mundo es gris
Admitámoslo:
Cuando decimos: "siempre", como mucho queremos decir el 70% de las veces. A veces, menos del 50%
Cuando decimos "totalmente", a veces no estamos ni siquiera muy seguros de la afirmación.
Cuando hacemos una afirmación, solemos saber muy poco de ese particular.
Cuando expresamos que amamos u odiamos algo, a veces solo buscamos generar afinidad interpersonal.
Nos hemos acostumbrado a expresarnos en superlativo.
¿Por qué?
Porque lo hace todo mucho más fácil.
¿Quieres ahorrar energía mental?
Habla en superlativo.
¿Quieres ahorrar saliva y tiempo?
Habla en superlativo.
¿Quieres captar más rápidamente la atención aunque la vaya a deteriorar en el largo plazo?
Habla en superlativo.
Pero contempla un detalle de esta estrategia: el superlativo convierte la realidad en algo más deglutible y palatable, pero también aplana mucho su sabor.
Y en ese camino de saborización y simplificación puedes estar omitiendo estimulantes matices aromáticos.


La investigación sobre categorización social lleva décadas estudiando precisamente cómo tendemos a percibir los grupos como más homogéneos de lo que realmente son, especialmente cuando hablamos de grupos externos.
Por lo tanto es más fácil atribuir a las personas arquetipos más dicotómicos de lo que realmente son, perdiéndonos la fascinante complejidad que puede encerrar un ser humano.
El millonario que lleva una vida austera.
El creyente que no es tradicionalista.
El tío de izquierdas que puede argumentar por qué odia el activismo.
Porque una persona puede ser contradictoria y, aun así, tener razón —si es que eso existe— o, por lo menos, tener una explicación coherente, enriquecedora e interesante.
Pero los grises son incómodos para nuestra psique, porque nos obligan a convivir con contradicciones.
Nos gusta pensar que una persona es valiente o cobarde. Generosa o egoísta. Inteligente o estúpida. Conservadora o progresista.
Nos gusta pensar que existe una manera que siempre es la correcta, y que siempre actuamos igual frente a la misma situación.
Pero una persona puede ser valiente para unas cosas y cobarde para otras. Generosa con sus amigos y extraordinariamente egoísta con su tiempo. Inteligente y capaz de decir una gilipollez monumental. Conservadora y, al mismo tiempo, tener ideas profundamente heterodoxas.
Dependiendo del día y del contexto.
Y no hace falta resolver la contradicción. De hecho, puede que la contradicción sea, precisamente, la descripción más precisa.
Porque matizar no significa relativizar todo.
Que un constructo tenga excepciones no significa que todas las opiniones valgan lo mismo.
Significa simplemente que una afirmación debería parecerse un poco más a la realidad que describe.
Y la realidad rara vez encaja en un superlativo.
De hecho, normalmente, el problema de estas afirmaciones, es que serán largas, tibias y nebulosas. El tipo de descripciones que la gente no suele estar dispuesto a escuchar.
Por contra, si todo encaja perfectamente en nuestras categorías, el mundo es mucho más fácil de entender.
Pero también más aburrido.
Un mundo en Blanco y negro.
¿Y por qué querríamos ensombrecer esta riqueza cromática?
Por la dictadura de la economía sináptica.


Tu cerebro no quiere trabajar.
O siendo justos, no quiere trabajar… tanto.
Sobre todo en tonterías que no tienen que ver con tu supervivencia, tu manutención y tus problemas inminentes: salud, calidad de vida y trabajo.
Y eso está bien, debemos estar muy agradecidos con el hombrecillo dentro de nuestra cabeza que nos guía hacia la eficiencia energética.
Pero tampoco ser sus esclavos.
¿Pero por qué, si ese tío es como una IA que me está haciendo todo el trabajo sucio?
Pues porque puede ser pan para hoy, y hambre para mañana.
El problema no es que nuestro cerebro simplifique. El problema es olvidar que ha simplificado.
Que una persona sea cobarde no significa que esté equivocada cuando tiene miedo.
Que alguien lleve toda la vida buscando excusas no significa que la próxima excusa no tenga una buena base.
El patrón puede ayudarte a formular una hipótesis.
Pero el contexto te da espacio para desmontarlas.
Y sé que dedicar cinco minutos más a entender a una persona puede parecer -y posiblemente sea- meterse en un jardín.
O que preguntarte si de verdad esa afirmación es siempre cierta, será la mayoría de las veces una confrontación innecesaria.
Pero no tiene por qué serlo.
Y es que ser ligera y calculadamente caóticos en nuestra manera de tratar nuestras prioridades nos pueden traer beneficios remotos que ni imaginamos.
Pero ¿cómo puedo saber cuándo es el momento para dedicar algo de tiempo a asuntos no prioritarios?
No puedes.
Pero no está mal estar dispuesto a gastar algo de energía en asuntos frívolos cuando tenemos alguna disponible.
Porque estos pequeños momentos pueden forjar tu carácter o contribuir a transitar una existencia más enriquecedora.


Gracias a ser una persona que no etiqueta y que demuestra interés por los pormenores de los demás, puedes convertirte, a la larga, en un gran profesional, un gran amigo o un pilar de tu comunidad.
Gracias a intentar ser preciso en tus aseveraciones puedes desarrollar un sentido crítico más afinado que te acompañe durante toda tu vida.
Gracias a intentar leer el contexto en vez de generalizar, puedes aprovechar grandes oportunidades escondidas en la maraña de la vida.
De esta forma, una acción de baja prioridad para tu supervivencia inmediata, puede reportar un gran beneficio a largo plazo.
Puedes estar forjando un carácter más reposado, una personalidad más genuina, un estilo de vida más satisfactorio, una profesión más estimulante o, simplemente, enriqueciendo - de forma incluso frívola- tu manera de transitar la vida por el mero hecho de navegar la vida abandonando, en la medidas de lo posible, el maniqueismo.
Porque muchas veces, hacer una estupidez, es inteligente.
A no ser que sea una completa estupidez.
En ese caso será una verdadera estupidez.
Pero la mayoría de las veces, no tendrás datos para tener tan claro si lo es.
Así que, si ponemos verdadero esfuerzo en ser precisos en la manera de interpretar las situaciones, sin caer en simplificaciones y fórmulas preconstruidas, quizá podremos, a la larga, entender la vida.
Porque el diablo está en los detalles.
Y el color de la vida, en los grises.
